Zozobrar en tierra firme

El día fue tan duro como intensa la semana, pero así es la vida en directo, nada nuevo que descubrir. Con el alma rota, se deshilacharon las costuras, que de retorcerse por el dolor terminaron cediendo y perdiendo la consistencia, la compostura necesaria. Con el latido vital y la respiración en cuarentena vagaba en silencio, como un zombi que desprovisto de aliento, seguía errante maldiciendo su fortuna. 

 

Resultó tan difícil sobrevivir a la riada, tan inimaginablemente duro ver como el vendaval se llevaba cada uno de los logros y el respeto conseguido a base de sudor, honor y trabajo. Tan doloroso contemplar el escenario y el papel de los actores, la luz y los taquígrafos, los guiones y el desenlace, que resultó ardua la batalla de encontrar un punto de apoyo desde el que soportar el peso, para levantar la primera rodilla del suelo. Una vez en esa posición, aún sin el resuello recuperado del todo y rodilla en tierra, logré poner la mirada en el frente con los ojos todavía nublados por las lágrimas y el dolor, lanzar un suspiro desgarrador, ese que expulsa el último rastro de amargura, para levantarme del suelo, dispuesto a pelear.

 

Demasiada tristeza para destilarla en un corto periodo de tiempo, muy difícil vivir el momento, muy duro el día a día, vestido de amarga ausencia. Duele tanto que falta la respiración. El golpe fue duro, seco y certero, demasiado rápido, voraz, insaciable, directo a la raíz, tan irreversible como innecesario, tan verdad, que no vale quererse despertar. 

 

La vida nos enseña que nada está escrito, que hay mañanas que parecen noches y noches que no acaban con el amanecer. La vida, a veces se muestra con la brutalidad de un tifón, ese que arrasa con la virulencia de sus vientos la existencia. Hoy todo es tan difícil como parece, no hay trampantojo que disimulen los escombros, ni papel celofán que engalane el momento, no hay confeti que coloree este vivir sin la sombra que cubría mis pasos, que me hacía mejor y sobre todo más feliz. 

 

En el puente de mando en plena tormenta, el agua golpea la cara con cada ola, y no se acaban, llegan en un maldito compás insistente, como queriendo imponer su fuerza desbordante, minando el aguante natural, buscando las grietas de la voluntad, para que resulte más fácil saltar por la borda que continuar sosteniendo el timón y alentando a la tripulación a continuar sin desfallecer.

 

Ellos y lo construido en este tiempo atrás son el verdadero motivo, por el que até una cuerda a mi cintura, clavé la suela de mis zapatos a la cubierta, para gobernar la nave con independencia de los vaivenes del temporal. 

 

Tanta media verdad, tanto ventilador, tanto cobarde que aguarda en la guarida agazapado, la excusa perfecta para asaltar la despensa en pleno estado de sitio, que provoca la náusea y el rechazo a la condición de quienes, careciendo del nivel para haberse sentado alguna vez en su mesa y acompañar sus pasos, fueron invitados al festín y los llevó en volandas sin cobrarles razón, ni peaje.

 

Patxi Blázquez 

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