Vecinita

Se tercia la vida enredada de luces y sombras que guían el paso por la veredita que lleva hasta ti. Sentado en el escalón de la puerta de entrada, espera cada tarde a que lleguen tus pasos, para decidir, si te abraza y te besa, si invierte el orden, o si hoy como tantos otros días solo le toca ver cómo te adentras en el portal, como perfumas el aire sin poder rematar la faena que lleva en su mente ensayando una y otra vez y desapareces tras tu puerta.

Y es que hace ya tiempo que bebe los vientos por ti, pero tú no lo sabes,  que es transparente su devoción por tu andar para ti. Tú piensas que es casualidad que es ascensor esté en la planta de abajo cuando llegas cada tarde, que es el viento, quien deja margaritas en el suelo del balcón de tu habitación, mientras que es él quien las coge en parque y te las lanza desde el suyo. Tú piensas que los bombones que encuentras en tu buzón son propaganda, no sabes que el pulsa el botón de tu planta a la hora exacta para que encuentres el ascensor cuando llegas.

Todo empezó una mañana de ascensor y prisas, tu llegabas tarde a tu ocupada agenda, él demasiado pronto a este amor por ti. Se abrieron las puertas de la vida en la tercera planta, y tú entraste desbocada en el elevador. El perfume que tu nuca y tus muñecas desprendían, embriagaron el momento. Despreocupada retocabas el pelo en el espejo y mientras,  dabas un último vistazo al conjuntado estilismo que vestía tus andares. Bastó una mirada y que esbozases una mueca de sonrisa acompañada de un saludo, para que cuando el ascensor tocara fondo, y salieses corriendo a despertar la mañana, en el otro rincón de la caja, se prendase tu vida para siempre. Le deslumbró tu mirada, tus andares y esa forma de los labios perfilas de carmín.

Con 17 años, y un millón de sueños en la mochila, si le miras al cruzarte en la escalera o en el portal,  esconde con pudor sus brakets entre los labios, su mirada bajo el despeinado flequillo y las ganas de abrazarte, escondiendo las manos en los bolsillos. Cada día cuando el cielo se apaga, se escapa hasta la azotea del bloque que compartís y sentado sobre las tejas, desata un suspiro por ti. Mientras fantasea cada noche con salir de tu mano a pasear, con contarte sus cuitas, con volar abrazados hasta la copa de un árbol y contarte que tiene una mesa para dos reservada en la luna desde el primer día que te vio.

Tiene mil cuadernos con tu mirada pintada en carbón y sanguina, le ha puesto a cada mañana mil bandas sonaras y todas acaban con besos de amor. Si le preguntan que quien le gusta, él dice que tú. Y se le emociona el gesto cuando le habla a sus colegas de ti, si bien obvia tu edad y otros detalles en los que prefiere no reparar.

Se le aceleran los pulsos, si alguien viene a buscarte. Se tuerce la tarde y ya no remonta si no llegas a la hora en la que te espera, hasta que la luz de tu cuarto le dice que llego a casa su amor. Da igual si llueve o aprieta el calor, da igual si el viento despeina su pelo, o la nieve resbala sus pies, él siempre te espera en la acera cuando se acaba el dia y en el ascensor cuando comienza.

Pero una mañana, dejo un sobre bajo tu puerta con toda una declaración, y quiso la vida que el portero barriera antes de que tu salieses al rellano y que la escoba te robase los versos, que para ti escribió. Esperó durante días tu sonrisa cómplice al cruzarte con él, o quizás alguna tibia respuesta en su buzón. Pero nunca llega, porque tú no sabes si quiera que él se declaró y el no conoce, que todos sus versos acabaron aquella mañana escaleras abajo en el verde contenedor.

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