Sonreir en tus zapatos

Desde su azotea la gusta mirar la vida, desde lo alto y observar a la gente pasar, imagina como sienta pasear en los zapatos de cada quien al que sigue con la mirada hasta que la vista le alcanza y se pierden por el final de su calle.

Los rizos la llenan el pelo y por su risa mellada se la escapa el aire en cada carcajada, mientras sus ojos negros iluminan una mirada tan hermosa como ella. Corretea sin cesar de un lado al otro de la azotea y la encanta bailar a la luz de la luna y a la del sol. Abre los brazos en cruz y gira sin parar con la nuca desplazada hacia atrás mirando al cielo. Dentro de su cabeza suena en cada ocasión la banda sonara que más se adapte a su coreografía, las graba en su memoria y las reproduce a su antojo en su vida.

Hoy se levantó de un salto, corrió a la cocina a por sus cereales y tras cepillar sus dientes, se postró ante el espejo, probando sin cesar modelito, tras modelito todo el fondo de armario que una pequeñaja puede tener. Elige con cuidado los zapatos y los complementos para su pelo, la encanta probarse ropa, mirarse desde todos los ángulos del espejo y ponerle muecas a cada pose.

Después con la puerta entre abierta, vigila que en el pasillo no haya nadie y de puntillas avanza pegada a la pared, tan silenciosa que parece que la brisa la lleva en volandas hasta la habitación de su madre, allí se sienta con la coquetería propia de la edad y durante horas juega a ponerse los collares, pendientes y anillos, la encanta fantasear, con miles de situaciones que se almacenan en su memoria, instantes que la televisión la sirvió en bandeja, tantas tardes frente a él.

Simula ponerse gotitas de perfume como lo hace su madre en las sienes y las muñecas, sin abrir los frascos que lo contienen. Después acercando su pequeña nariz respingona gestualiza con exagerados ademanes de diva, lo agradable que resulta su aroma al roce con su piel.

Se escuchan pasos que se acercan sobre la barnizada tarima, cada vez más cera, y corre a esconderse tras las cortinas, no quiere que la sorprenda jugando hacerse mayor, no quiere correr el riesgo de un castigo, que termina siendo no salir a volar a su azotea.

Se le llena de mariposas el estómago que aletean revoltosas, cada vez que se asoma por encima del murete de su azotea y elige con quien se marchará a pasear imaginando otras vidas. Ahí viene el primero!

A lo lejos destellan los cromados de una bicicleta que veloz atraviesa su calle, en la parte trasera lleva frutas en imposible equilibrio que perfuman el camino a su paso. No lo duda ni un momento y fascinada se sube imaginariamente. A lomos de ella y se lanza a recorrer las calles vendiendo de puerta en puerta las viandas que porta, y que salieron del agua y la tierra, de las manos que cuidaron y recolectaron cada brote vegetal hasta llegar a la mesa. Se imagina saludando en cada puerta de quien la compra su carga. Departe con ellos y regala sonrisas y guiños, también les cuenta los avatares del día y de la vida, y al terminar guarda las monedas en su bolso y con un ring-ring del metálico timbre del manillar, continúa su diáspora diaria repartiendo fruta colina abajo. Un pitido intermitente de un coche, la baja de la ensoñación y de la bicicleta por igual, aterrizando sobre el adoquinado barro de su azotea.

Pero vuelve revoltosa a buscar otros zapatos, otra vida a la que subirse a vivir otro ratito de tarde.

Delante de su puerta el tráfico detiene un furgón con flores y cuando comienza la marcha es ella la que conduce. Baja la colina y el aroma del cargamento lo inunda todo. Se detiene frente a una casa inmensa, de repujadas puertas artesanales de madera y faroles de latón a los lados. Sorprendida y fascinada, apoya la mano sobre el llamador de bronce que representa una estrella y se abre uno de los portones. Tras ellos un patio a modo de recibidor de dimensiones gigantescas, la impresiona. Sus pasos se ralentizan a la par que su mandíbula inferior desciende al límite, dejando su maltrecha dentadura adolescente al descubierto.

Observa atónita como las fuentes salpican hilos finos de agua que dibujan una parábola simétrica con final en el centro del surtidor, el ruido tintineante emociona los sentidos y las macetas que se agrupan majestuosas en las esquinas refrescan y verdean una estancia que no deja indiferente. Una enorme mesa de mármol y base de forja preside el hall desde el que se distribuyen las diferentes estancias del palacio. Sobre ella dos búcaros vacíos aguardan el arreglo floral que transporta su furgoneta, y sobre una bandeja de repujada plata, hay un sobré con el importe de su carga, que aguarda a que una vez se rellenen los búcaros, se cobré el trabajo y la mercancía. Pero antes decide explorar los pasillos y deslizarse correteando por los pasillos adoquinados, esconderse misteriosa y curiosa, tras cada columna de travertino rojizo, subir las escalinatas y salpicarse de agua de los surtidores, recorre cada lugar y va tejiendo en su memoria historias con las que soñar. Sin darse cuenta ya está en la primera planta del corredor y tras ver las habitaciones y estancias, baja deslizándose por la balaustrada con el pelo revuelto y los ojos cerrado, para aterrizar de las nubes de nuevo a su terrado, desde donde volver a empezar.

Pero hoy las sirenas suenan, y eso interrumpe el juego y los sueños. De nuevo otro interminable alarido de megafonía. Ella aprendió desde muy pequeña que tras los pitidos, el cielo se llena de luces que destellan e iluminan la noche y oscurecen el día, de truenos que terminan en columnas de humo, chimeneas que suben al cielo y por ellas las almas que perdieron la posibilidad de soñar. Sabe que tras ellas se desatan los lamentos y hay que correr a esconderse bajo la cama, cerrar las ventanas que tienen un aspa de cinta adhesiva sobre los cristales y ponerse su máscara de gas , mientras se envuelve con una manta y espera que no tarde en llegar mamá.

Quizás con suerte mañana pueda subir a vivir más vidas desde la azotea, y algún día podrá jugar en la calle con sus iguales, pero hoy vuelve a ganar la tragedia de la guerra en Gaza.

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