Separar

Separar, disolver, deshacer el nudo que ataba la existencia a quien encandilo tu vida, bifurcar en caminos dispares lo que un día fue un andar único y compartido.

Se le escapó la luz del amanecer al lado de quien soñaba en su misma almohada. Quiso retener el agua que saciaba su sed y se le escapó entre los dedos un manantial. Quiso bañarse con lo que de él brotaba y solo le empapó el lagrimal, mientras arrasaba por dentro cual torrente los enseres de un amor que se escapó por la ventana.

Le dolió cada silencio sembrado en lo que antes eran carcajadas, cada mirada furtiva a la ventana por la que ella quería escapar. Huir como lo hace una ráfaga de viento en busca de la libertad que da un cielo azul que se diluye entre mar y “praus” verdes.

Fue con cada amanecer construyendo una isla en la que envejecer y se quedó naufrago por lo civil en su propio mar. Con la zozobra de la soledad como abrigo y el silencio como banda sonora de sus días, deambula su alma, en busca de la calma necesaria para seguir. Si se mira al espejo, se  ve más flaco, mas cano, mas….

Se le llenó el cajón de sellos, pólizas, resoluciones, convenios, custodias, acuerdos y regímenes en los que visitar a su misma sangre los días alternos, que disponga la toga de oficio. Atado a un calendario de disponibilidad, conveniencias y voluntades. Un lenguaje diferente, regulado por talones al portador, para gastos compartidos.

Frente al mar, observa el horizonte cuando le azota la existencia, mira al infinito, allá donde la espuma se funde con el cielo. Descubre a los albatros que se deslizan y ascienden en las térmicas corrientes y espera a que un golpe de sol le ilumine su estancia y le cambie la racha.

Perdió en el camino los kilos que no le sobraban, las risas que siempre guardaba para estrenarlas junto a su amada,  pinto su cabello de blanco, el suelo de senderos en círculos y su calendario de citas con sus enanas.

Me duele este lamento que llevas grabado, me duele tu espalda de girones marcada, tu sueño liviano, tu despertar conjugado en singular, tu espalda mojada de salitre cuando azotan las noches que no están estrelladas y las sales a buscar.

No hay más que mirarte para saber que eres más grande de lo que te gusta aparentar, que esta partida la tienes ganada antes de poner las fichas, que mereces todo la alegría que te venga en gana y más.

Que si aguantas las ganas de colgar las botas, el camino te guarda una tarde en tu “verdicia” playa repleta de risas para enmarcar. Que no fue tu mano la que marcó las cartas, que en una baraja a veces vienen buenas cartas y otras son malas, que  hay que aguantar los ases hasta el descarte final.

Y por si necesitas mi hombro, aquí tienes mi alma.

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