Naufragar en tierra

La luna como faro de proa dibuja el horizonte y tinta de plata las olas que zozobran el cascarón, en él que un puñado de sueños habitan hacinados entre las raídas cuadernas. El miedo entre los dientes, la vida en un hatillo y la suerte es una moneda lanzada al aire que zozobra a la deriva.

Vidas que tienen tras de si una huida sin retorno de la miseria, la hambruna q asola regiones enteras, generando miles de desplazados, condenando al destierro y la diáspora. Les despoja de futuro y unas oportunidades que no llegan. Con esta realidad, se fragua el caldo de cultivo perfecto para mafias sin alma que trapichean con las miserias que ellos mismos generan y alimentan, en un bucle sin fin.

Atrás cada uno de ellos dejaron una historia particular, una familia que se sostiene con alfileres, y que se convierten en avaladores subsidiarios de una deuda contraída con sangre y que habrá que pagar si el sueño no se cumple, si se extingue su existencia en el largo y caótico camino a la tierra prometida, a un primer mundo, que ni les quiere, ni les espera.

Por delante quedan miles de dunas desérticas que atravesar, siempre ocultos, siempre con el miedo entre los huesos, con la subsistencia al límite. Deshidratados, famélicos, desnutridos y enfermos, completan cada jornada un vía crucis tan terrible que entrecorta la respiración, que enerva la templanza.

Cerca de la costa, y una vez en los montes, se agrupan acampados con las pupilas desatadas, a que llegue, una climatología favorable, una mar razonable. Mientras llega, contemplan el horizonte y comprueban nerviosos  que hoy la bruma ha desaparecido y la noche les dibuja el perfil de la península. Llega un vehículo sin luces y les convocan a los elegidos, en una reunión previa en las que les instruyen para lo que esta por llegar.

Portan unas garrafas ennegrecidas con agua, algunas frutas al límite de la salubridad y los harapos supervivientes del largo camino, que les fue dejando la huella imborrable del sufrimiento humano que esta tatuado para siempre en su ADN.

El cayuco aguarda sobre la arena, todo esta dispuesto, para que en la madrugada un salto les encarame dentro de la embarcación. Mientras un silencio se extiende, el corazón se aloja en la boca enmudeciendo el momento, que solo se rompe por el golpe de las olas y el cascado motor que petardea y apenas reúne la fuerza para deslizarse y ganar distancia a la arena que poco a poco, es una franja dorada que se aleja segundo a segundo a su espalda.

El mar no perdona, y comienzan los vómitos y el mareo, la hipotermia y la humedad se adentra hasta los huesos, mientras el olor a gasolina y el humo de la combustión lo inunda todo. El llanto de un bebe despierta a algunos a los que el agotamiento había derrotado, pero el pecho desolado de su madre calma y sacia sus labios, devolviéndole el sueño, ajeno a lo que acontece a su alrededor.

A lo lejos el viento gana fuerza y la travesía se convierte en una montaña rusa que salpica de salada agua al pasaje, mientras la cercanía de las luces de la costa de destino les alborota y en ocasiones el naufragio es una realidad que cobra vigencia.

Las olas y algún gemido, son la banda sonora de la travesía, hasta que un zumbido que se siente lejano va acercándose cada vez con más fuerza y en unos segundo un foco ilumina el cayuco y el cargamento humano. Un helicóptero de salvamento marítimo les detecta y  algunos deciden saltar y alcanzar la costa a nado, en una huida desesperada hacia delante, mientras otros levantan las manos al cielo implorando una ayuda que les salve la noche y la vida a la vez.

El final se parece al de otros tantos que nos cuentan las portadas de los diarios, Cuerpos que  llegan yertos a tierra envueltos en algas, espuma y sal, que les devuelve la marea días después. Otros quedaron atrapados para siempre entre corrientes y mareas.

Ganó el mar, perdió la vida. Otros terminan en una patrullera con mantas de cruz roja y guardias civiles acompañando sus pasos, camino de un CETI en el que volver a subsistir, en una suerte de ruleta rusa, entre la deportación y el inmovilismo internacional.

Quizás alguno llegó a tierra, escaló las rocas y hoy trabaja en algún invernadero, quizás vende bolsos, o  CDs en algún paseo marítimo explotado por las mismas mafias. O tal vez ofrece pañuelos y compasión en los semáforos de una gran ciudad. Quien sabe…..

Pero sin duda, cuando caiga la noche y duerma la ciudad, mirara al cielo mientras expira otro día y pensará si valió la pena naufragar tierra adentro.

 

Deja un comentario