Acompañar

Hace años que la vida la despojó de quien por ella pudiera preocuparse,  y los años se fueron sumando en su abrigo de piel conservado como el primer día. Su pelo se fue blanqueando y acortando, su soledad amontonando en la mirada y enredándose en cada pliegue de sus ojos.

Se levanta de la cama por el lado izquierdo, a estas alturas de la vida no conviene hacer cambios, que se pierden las referencias y acabas derivando a cualquier playa. Sentada en el borde de la cama, intenta estirar su desvencijado cuerpo, con unos ejercicios que aprendió tiempo atrás, cuando las bambalinas eran su vida. Tan hermosa a los noventa, se levanta de su colchón, mirando de reojo la cama, sigue añorando cada día despertar al lado de su amor, su compañero, su mano en la espalda que acompañaba sus pasos, su raíz al suelo, su mano en el cielo, su otra mitad.

Cierra los ojos mientras contiene la respiración y siente sus manos fuertes recorriendo su piel desnuda, sin dejar un solo rincón que acariciar, creando surcos por los que discurrían caminitos infinitos de besos que empezaban en su ombligo y terminaban en su nariz. Aletean sus pestañas y sus sentidos, cuando cree sentir aun la misma sensación, tan real, al pensar en las cosquillas que por la espalda dibujaban casi sin tocarla con las yemas de los dedos. Anhela los juegos y la jerga propia, cada risa compartida, cada complicidad que hacían de su despertar un lugar en el que quedarse a vivir para siempre. Sabe que pasó, pero el recuerdo es suyo y la acompaña. Sabe que fue verdad, que ocurrió, que valió la pena y que estuvo allí,  que fue suyo, tanto como su existencia, aunque duela tanto su ausencia.

Coqueta recoge de la descalzadora su bata, después, sus zapatillas calzan los delicados pies de princesa, y una vez en pie continúan sus pasos hasta el baño. Antes, una caricia delicada, que desliza los dedos sobre el marco de plata que les retrata abrazados muchos años atrás y que adorna la cómoda en la que, sobre bandeja de plata, posa sus joyas cada noche antes de acostarse junto sus recuerdos.

Bendita añoranza, que maravilloso cajón de tesoros tu álbum de recuerdos, que hermosa tu constancia en el amor, tanto que dos se convirtieron en uno y ese uno vive por los dos.

Con las manos y amarrada al asidero de la pared, para no resbalar entra en la ducha. Le teme a las caídas y al hospital, a las salas de espera y las camillas, al verde de los pasillos donde no huele a lilium blancos. Tras el ritual de aseo diario, las cremas hidratan su delicada piel y frente al armario elije cada prenda que lucirá en su nuevo día. Antes prepara su desayuno mirando desde su inmenso ventanal el cielo, descubriendo bajo sus pies como se redibuja la ciudad con cada pincelada de luz que trae el día. Contempla como se llenan las asfaltadas arterias de coches que transitan hacia un lugar llamado estrés, observa  la escena, como se hace desde el patio de butacas. Respira profundo y coge aire, por un momento sintió como frente al mismo ventanal, la sorprendían los brazos de su amor, y como rodeaban su cintura, y marcaba sus caderas el abrazo que siempre la daba por detrás.  Mientras la música ponía la melodía al instante, desde su radio de madera. Hoy también en el portal de vecinos, suena la música que la traslada a los amaneceres ruidosos, llenos de carreras y prisas, por llegar a donde hubiera hecho falta llegar.

Pero la vida pasa, pasa de largo y se acaban las prisas por llegar donde te esperan, las risas y el tumulto de los días repletos de planes y gente con la que hacerlos. Poco a poco se abre paso un silencio ensordecedor que se apodera de las paredes, que las despoja de las voces y el eco de las tardes de tertulia con amigos y familia. El silencio va vistiendo las habitaciones de la soledad que te hace no esperar a nadie, que convierte en todo un acontecimiento el cartero comercial que llama a tu puerta, un vendedor de los de puerta fría o un incansable “Jehová”. La vida fue borrando su agenda de contactos, las citas del calendario y el teléfono dejó de sonar, se detuvo el reloj.

Desde hace algún tiempo un servicio social pasa cada mañana a buscarla puntual a las nueve de la mañana. Aunque a esa hora para ella sea media noche, porque para ella día habrá comenzado mucho antes, tanto que es la encargada de despertar al sol cada mañana, de encender la mecha de un rayito y esperar a que se caliente y vaya ascendiendo en el cielo, iluminándonos el día.

A las cinco de la tarde, la ambulancia la devuelve frente  al portal de su casa, y allí la gusta sentarse en el banco que hay justo enfrente y la calle se convierte en el escaparate desde el que  asomarse a un mundo por el que ella pasa de puntillas. Observa como cambio la vida, como se la escapó entre los dedos, pero vivida hasta el último trago. Ese tiempo en el banco le permite pulsar la cotidianidad del mundo. Descubrir el ir y venir de las ajetreadas vidas que  deambulan frente a ella. Para ella es su andén de tren. Un andén por el que pasa la vida,  a veces se detiene alguno y la regala un minuto de charla, otras se convierte en transparente para el mundo y  ni si quiera se detiene frente a ella.

Cuando se apaga el sol se levanta del banco con los ojos vidriosos y vuelve a casa, en busca del olor que impregnado permanece de su amor por cada pared y en cada rincón,  cuando abre la puerta. Le gusta encender las velas y con la tibia luz vuelve a las fotos que le amueblan la memoria y evocan los recuerdos, a la música que llena los silencios, a la ausencia de quien tanto la amó.

Sabe que los días se suceden, que los sueños no se detienen, que la hacen seguir latiendo, que él la aguarda cada noche en la almohada para susurrarla <i>Buenas Noches mi Amor</i> mientras la abraza por detrás y la arropa una y otra vez………….

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