Paula

De tu vida silenciosa se llenan mis recuerdos y mi vida. Silenciosa porque nunca quisiste un ruido que no fuese una risa, una carcajada o el eco ensordecedor que entona la felicidad, esa que regalabas, y que brotaba de tu fuente inagotable de ternura.

Paradójicamente tu nombre, significa la pequeña, justo lo contrario de lo siempre fuiste, para todos aquellos que tuvimos la fortuna de caminar a tu lado. Y es que sigues siendo  tan grande como el sol. Ese que llena de luz y de vida a un planeta entero, ese que calienta nuestras tardes, ese que te pinta la piel de color, así de grande la recuerdo.

Su camino no fue fácil, pero no la oí quejarse nunca, os aseguro, que la revolcaron las olas de la vida tantas veces y de todas ellas supo ponerse de pie y esperar sonriente y serena la siguiente, con la esperanza de que la siguiente la llevase en volandas hasta una orilla en la que tomar aliento. Su marcha sigue siendo hoy una herida que aún supura por la cicatriz, una cuenta pendiente que resolver con quien lleva los mandos de esta noria vital.

De guerra civil se pintó su juventud,  de miedos en el alma, de bandos enfrentados, sangre, dolor e incoherencia que reinaban en las tardes, noche y madrugadas. Tiempos de ganadores y vencidos, de montes que albergaban huidos, perseguidos por cazadores borrachos de victoria. De guardias a caballo, de Amas residentes en Palacios y chicas de servicio que les lustran las vidas, para salir adelante.

Con la posguerra entre los dedos fue haciendo familia y construyendo un reino en su matriarcado de ocho hijos a golpe de azada y surcos en la tierra, de secadero repleto de manillas de tabaco y pimentón.  De despertares que dibujan un horizonte de campos de algodón y cerezos en flor, gargantas que destilan manantiales de agua pura, y todo sobre la tierra más Verata y hermosa de ese mundo<sup>(1)</sup>.

Anduvo muchos caminos, vivió tanto y nada se le puso por delante, nada la detuvo. Se le fue su amor, su Vito, su otra mitad, pero se repuso y siguió. Peleó con la fuerza de un huracán, cada día desde su cuerpo exhausto, no soltó la mano nunca a nadie, no dejo de llorar cada pena, pero el tiempo justo para superarlo y volver a la sonrisa. De Pelo blanco hermoso, de arrugas profundas como su generosidad, de cutis curtido a golpe de sol y campo, de vida y lágrimas, de andar y llegar hasta donde hizo falta.

Viajó a lugares tan lejanos para ella y compartió mesa y el mantel allá donde estuvo, tan humilde como generosa, tan feliz que contagiaba a quien tuviese al lado. Su camino, que afortunadamente fue el mío mucho tiempo, me huele a huerta y a trilla, a troje repleta de trastos y leche hirviendo en la lumbre tras el ordeño.

Mi niñez a su lado huele a sepulvedana y sillones de escay, a Agostos en los que los baños tras la santa digestión eran en una acequia que riaba agua a los campos, improvisada piscina para  el verano, donde  una trup de primos interminable nos hermanábamos por generaciones, poniendo carreras y remiendos en los juegos.

Paula en el centro de ese universo escondía caramelos en su mandil, besos en sus labios, caricias en sus manos y carcajadas para las regañinas de nuestras madres. Y todo lo iba repartiendo según se fuera necesitando, cómplice de todo y de todos, eterna Abuela leal.

Los años se le fueron sumando y un laberinto senil la perdió para siempre en la memoria de su vida y se desconectó del mundo. Después el cuerpo  se fue apagando  y se fue de viaje para siempre, dejándonos los bolsillos llenos de sus recuerdos y su excelente esencia como persona.

Aun su recuerdo cuando vienen mal dadas, se sienta a mi lado,  con su pelo blanco peinado para atrás y vestida de luto solo por fuera, mientras me dice al oído, .- no pasa nada hijo, tras la nube te aguardo con un sol en el bolsillo para ti.

(1).- La comarca de La Vera, en pleno Valle del Jerte.

 

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