Pañuelitos y Rosas

Pajaritos enlatados en el despertador, despiertan desde la mesilla de su cama su mañana, como cada amanecer. Fiel a la costumbre de rodar por las sabanas, no se quiere levantar que le puede el sueñin y esa pereza que la atraen cual imán a la espalda de su amado y su cintura.

Otro aviso y ya van tres, y por dentro de las sabanas piensa, que o de esta me levanto, o me pierdo en la almohada para siempre. Ganada la batalla a la horizontalidad, se sienta en el borde del colchón mientras sus pestañas aletean intentando levantar el telón de su mirada. Una vez abierto el lagrimal,  un espejo le devuelve la imagen en directo de su look. Zapatillas hoteleras en los pies, y arrastrando los pies por el parqué llega hasta el baño.

Abre la ducha para que el agua caliente atempere la cabina, mientras se desnuda frente al indiscreto espejo y deposita su blusón sobre el lavabo. Un salto al vacío sobre la báscula y de soslayo una leve mirada al marcador que la dice, que se mantiene la tendencia alcista del mercado continuo y que los últimos ajustes no han dado el fruto esperado. Sobre el suelo, acomoda la toalla de los pies cual felpudo en el umbral de la ducha,  aparca en batería a la diestra las felposas zapatillas, mientras desliza el pie derecho en la ducha y comienza el agua a rociar su cuerpo.

Hoy no encuentra la esponja y será su mano la que enjabonada dirija los círculos sobre la piel. El jabón huele a almendras y comienza a extenderlo por su cuerpo, al pasar por el lado derecho de su pecho, le parece notar un bulto que no reconoce, le cosquillea el estómago y decide dedicarle tiempo al examen, insiste sobre la zona intentando explorar, pero el sonido del teléfono le saca del trance, entonces interrumpe la inspección y corre a secarse y contestar.

Después frente al armario, elije el estilismo del día, configura colores y texturas, complementos y ropa interior, antes de ponerse el sujetador, vuelve a palparse en un intento de redescubrir lo que en la ducha le sorprendió y preocupo por igual. Pero no lo encuentra, insiste una y otra vez, pero no da con él. El reloj le gana la mañana y sale corriendo, corrigiendo en cada espejo de la casa con pequeños toques, desde la habitación a la entrada la indumentaria, el pelo y en general su inmejorable aspecto.

Veinte minutos de coche, radio y dos semáforos que cruza en ámbar desembocan en un día listo para trabajar. La vorágine hace que el reloj acelere a fondo y en un abrir y cerrar de ojos, la noche aparece en el cristal del coche, cuando sale del subterráneo parking de su oficina, devolviéndola al otro lado de una existencia laboral sin tregua y a la lista de reproducción favorita.

Han pasado los días, y cada vez que el momento y las vestimentas lo permitían, sus dedos exploraban ansiosos la misma zona de su seno en busca del abultamiento, que un día alertó su mundo interior. Y fueron varias veces las que lo hallaron incrementando el desasosiego, hasta que toma la decisión de acudir al especialista.

 

La sala de espera del hospital huele a preocupación y prisas, las revistas descatalogadas se amontonan en la mesa central entre publicidades y catálogos fuera de temporada. Ha revisado quince veces su móvil, repasado dos revistas y pegado la oreja lo más educadamente posible, a las conversaciones ajenas en los diez minutos que lleva esperando. Busca con la mirada los ojos de las que con ella esperan a la consulta, busca un matiz, un patrón, una conversación que le despeje o le confirme detalles que le quiten la angustia autocontrolada en la que vive.

Tomo la decisión correcta, la de poner fin a la incertidumbre y desvelar que pasaba. Tras pruebas y diagnósticos,  tratamientos y hospitales, un tiempo después vuelve a casa con un pañuelo rosa en el cuello y el brillo de una sonrisa ganadora en los labios.

Fueron tiempos de no bajar la guardia, de días sin vivir y noches sin dormir. De encontrar hombros en los que apoyar el peso de su carga, flores en las que olerse, manos que apretar y con las que levantarse. En el pecho las ganas de no perder ningún asalto, ni el combate. En la mirada un camino profundo que lleva hasta el centro de la  verdad.

La quimio y la radio fueron una montaña rusa, socavaron las fuerzas, pero la dieron alas para seguir, para ganar y contarlo. En el despertador suenan los pájaros revoloteando y sigue perezosa en su levantar, pero hoy, sale a la calle con la sonrisa pintada de carmín y el pelo “in crescendo” y  rizado. Hoy sabe que hay camino por recorrer, que hay manos en las que asirse y que un bache es un lugar del que salir para seguir adelante con la vida por delante y un pañuelito rosa que nos dice que hay una nueva ganadora en la ciudad.

Con el mayor de los afectos a todas y todos los que hacen posible que la ciudad se llene de ganadores cada día.

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